Dos formas de engaño
Hace unas semanas hice una publicación con una frase de Kierkegaard, y hoy me encontré con esta otra.
Normalmente pensamos que el engaño viene de afuera: alguien que nos miente, nos oculta algo, confiamos en quien no debíamos....
Pero Kierkegaard señala algo más incómodo: también podemos engañarnos a nosotros mismos.
Creer lo que no es verdad suele estar, desde la psicología, ligado a la ilusión, a la necesidad, al deseo. A veces creemos porque necesitamos que algo sea cierto: una relación que no funciona, un proyecto que ya se agotó,
una persona que no es quien imaginamos.
Pero la segunda forma de engaño es más profunda: negar lo que sí es verdad. Aquí aparece la defensa psicológica; la negación como mecanismo para protegernos del dolor.
No vemos las señales. Minimizamos lo evidente. Postergamos decisiones. Y no lo hacemos por ingenuidad, sino por miedo.
Aceptar una verdad puede implicar perder, cambiar, soltar, reconstruirse.
Y eso exige coraje, valentía.
Por eso creo que la cuestión no consiste en no equivocarse, sino en poder mirarnos con honestidad, incluso cuando nos duela. A veces no sufrimos por lo que ocurre, sino por el tiempo que tardamos en aceptar lo que ya sabíamos.
Quizás la pregunta no sea
si alguna vez nos engañaron…
Sino: ¿qué verdad estamos evitando mirar hoy?
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