Libertad, seguridad, incertidumbre....
Esta frase me refiere a una forma madura de amar y vincularse: aquella que no intenta controlar el recorrido del otro.
Desear que alguien sea libre implica renunciar a la necesidad de saber cómo va a terminar su camino y aceptar la incertidumbre que eso genera. Muchas veces, la ansiedad no nace del amor, sino del miedo a perder, a no ser necesarios o a que el otro elija distinto de lo que imaginamos. Como enseño habitualmente, uno de los rasgos característicos de la ansiedad es la intolerancia a la incertidumbre.
La frase también cuestiona una expectativa muy común en los vínculos: creer que amar es guiar, dirigir o asegurarse de que el otro llegue “al lugar correcto”. En realidad, cuando intentamos definir el destino ajeno, lo que hacemos es tranquilizar nuestras propias inseguridades.
Amar desde la libertad es tolerar que el otro se equivoque, explore y construya su propio sentido, incluso cuando no coincide con nuestros deseos. En ese gesto hay una profunda confianza: en el otro y en el vínculo. Porque cuando dejamos de exigir certezas y resultados, el camino compartido deja de ser una obligación y se transforma en una elección genuina y auténtica.
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